HISTORIA

La fertilidad de sus tierras volcánicas, los nevados colindantes, su ubicación  cercana a la línea equinoccial y la importancia que los indígenas daban al paso del sol en esta zona hicieron que el “Valle de Los Chillos” fuese dotado de una red de acueductos que permitieron la siembra del maíz, fuente de vida, alimentación del hombre y ofrenda sagrada para sus dioses. El maíz Chillo, el cual conjuntamente con el de los alrededores de Macchupicchu  fue considerado como el mejor del Imperio Inca, sirvió desde tiempos ancestrales para denominar a este valle.

Desde inicios de la época colonial estas tierras fueron muy cotizadas y en ellas se desarrollaron importantes haciendas de la aristocracia criolla y se afincaron valiosas propiedades como las de los Marqueses de Selva Alegre, los Condes de Casa Jijón  y varias Ordenes Religiosas de la Iglesia Católica.

  La actual casa de la Hacienda San Francisco fue construída sobre una colina que permite contemplar la belleza y quietud del Valle de los Chillos. Inicialmente estuvo concebida como lugar de retiro espiritual para los monjes franciscanos y los jesuítas afincados en el sur de Quito a mediados del siglo XIX.

 Hacia fines del mismo siglo la propiedad es adquirida por la familia Bustamante quienes, conjuntamente con la agricultura  y la ganadería, empiezan la producción de hilos y tejidos como parte del Obraje Montúfar con lo cual se vuelve una actividad cotidiana en la hacienda la elaboración de textiles que se comercializan en toda la sierra central ecuatoriana.

 A inicios del siglo XX la familia Velasco adquiere la propiedad, la misma que debido a deudas familiares pasa más tarde a manos de la familia Jijón quienes mantienen la tradición del cultivo del maíz chillo pero la reforma agraria de 1963 termina con esta floreciente producción y la hacienda se parcela quedando solo parte de ella y la casa principal como herencia para uno de sus hijos quien, después de muchos años de abandono, la vende en 1999  a la familia SALCEDO HERMOSA quienes  toman a cargo inmediatamente la renovación y “puesta en valor” de la propiedad.

 Enrique y Giovanna se conocieron en el quehacer turístico, ambos son guías de turismo nacionales, amantes del arte y la decoración  y conocedores de varios géneros de la restauración,  pronto unieron sus talentos para transformar y dar vida a esta hermosa casona y rescatar los valores culturales y antropológicos de la hacienda y su entorno.